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Subject:
       [Fratres Lucis] SAINT-MARTIN (De los Errores y de la Verdad)
 
 
 

            De los Errores y de la Verdad – L.C. de S-M (1743-1803)

            (Bibl. Rosacruz – AMORC – 1ª. Edición en lengua portuguesa - 1994)
 
 

            "Fui vivamente afectado, confieso, al apreciar el estado actual de la
            Ciencia; vi cuánto los equívocos la desfiguraron, vi el hediondo velo
            con que la revelaron y, por el bien de mis semejantes, creí que era mi
            deber retirarlo.

            No hay duda de que para tal empresa preciso de más que los recursos
            comunes; mas, sin explicarme en cuánto a los que empleo, será
            suficiente decir que están ligados a la propia naturaleza de los
            hombres, que fueron siempre conocidos de algunos de ellos desde el
            origen de las cosas y que nunca serán totalmente retirados de la
            Tierra, en cuanto hayan Seres Pensantes …

            En verdad, si el lector … se diera el tiempo suficiente para sentir el
            peso y el encadenamiento de los principios que expongo, convendrá
            que ellos son la verdadera llave de todas las Alegorías y Fábulas
            Misteriosas de todos los Pueblos, la fuente primera de todas las
            especies de Instituciones, el mismo modelo de las Leyes que rigen el
            Universo y constituyen todos los Seres; esto es, que ellos sirven de
            base a todo lo que existe y a todo lo que se manifiesta, sea en el
            hombre y por la mano del hombre, sea fuera de él e
            independientemente de su voluntad; y que, por consecuencia, fuera
            de esos Principios no puede haber Ciencia verdadera …

            No obstante, aunque la Luz sea hecha para todos los ojos, es aún más
            cierto que no todos esos ojos están preparados para verla en todo su
            esplendor …

            Podrán ser encontradas luego del inicio algunas observaciones sobre
            el bien y el mal, porque los Sistemas modernos confundieron uno y
            el otro y con eso fueron forzados a negar sus diferencias. Un rápido
            mirar lanzado hacia el hombre esclarecerá plenamente esa dificultad y
            enseñará por qué él aún se encuentra en la más profunda ignorancia,
            no sólo respecto de lo que le rodea, sino también de su verdadera
            naturaleza …

            I – De la Ciencia

            Es un espectáculo bastante aflictivo, cuando se quiere contemplar al
            hombre, verlo atormentado por el deseo de conocer sin percibir las
            razones de cosa alguna … En lugar de considerar las tinieblas que lo
            envuelven y comenzar sondeando su naturaleza, él sigue de frente, no
            sólo como si estuviese seguro de disiparlas, sino como si no
            existiesen obstáculos entre él y la Ciencia; luego esforzándose
            asimismo para crear una Verdad, él osa colocarla en el lugar de
            aquélla que debería respetar en silencio y sobre la cual no tiene hoy
            otro derecho a no ser el de desearla y esperar por ella.

            En verdad, si él está absolutamente separado de la Luz, cómo podrá
            por sí sólo encender la antorcha que le debe servir de guía? Cómo
            podrá por sus propias facultades producir una Ciencia que venga a
            dirimir todas sus dudas? …
 
 

            De la causa de los Errores

            Mas la fuente de sus errores continúa siendo su voluntad
            desordenada; vemos que lejos de emplear en beneficio propio las
            pocas fuerzas que le restan él las dirige casi siempre contra la Ley de
            su Ser; vemos, yo afirmo, que lejos de ser contenido por esa
            oscuridad que lo rodea, es con su propia mano que él coloca la venda
            en sus ojos …

            Por tanto, es por esa mixtura de flaquezas e imprudencias que se
            perpetúa la ignorancia del hombre …

            Al primer mirar que quiera lanzar sobre sí mismo, el hombre no podrá
            dejar de sentir y reconocer que debe existir para él una Ciencia o una
            Ley evidente, visto que hay una para todos los Seres … y visto que,
            asimismo en medio de nuestras flaquezas, nuestra ignorancia y
            confusión, no nos ocupamos de otra cosa que no sea buscar la paz y
            la luz.

            Entonces, aunque los esfuerzos que el hombre hace diariamente para
            llegar a la meta de sus búsquedas raramente tengan éxito, no se debe
            creer por causa de esto que esa meta sea imaginaria, sino apenas que
            el hombre se engaña en cuánto a la senda que le conduce a ella y que
            él, por consecuencia, se encuentra en la mayor de las privaciones,
            por ni siquiera conocer el camino que debe seguir.

            De la Verdad

            Podemos convenir desde ya que la infelicidad actual del hombre no
            es ignorar que existe una verdad, sino equivocarse en cuanto a la
            naturaleza de esa verdad; pues, justamente aquellos que pretendieron
            negarla y destruirla jamás creyeron poder conseguirlo sin tener otra
            verdad para sustituirla. En efecto, revistieron sus opiniones
            quiméricas de fuerza, inmutabilidad, universalidad, en suma de todas
            las propiedades de un Ser real y existente por sí mismo, por haber
            sentido que una Verdad no podría ser una verdad sin existir
            esencialmente, sin ser invariable y absolutamente independiente y sin
            sacar apenas de sí misma la fuente de su existencia; pues si ella la
            hubiese recibido de otro Principio, éste podría volver a sumergirla en
            la nada o en la inacción de que la hubiese sacado …

            Debemos entonces repetir que lo que atormenta aquí en este plano a
            la mayoría de los hombres es menos saber si hay una Verdad que
            saber cuál es esa Verdad.
 
 

            Del Bien y del Mal

            Mas lo que perturba ese sentimiento en el hombre y oscurece en él
            tan frecuentemente los rayos más vivos de esa luz es la continua
            mezcla de bien y mal, de claridad y tinieblas, de armonía y desorden,
            que él percibe en el Universo y en él mismo. Ese contraste universal
            lo inquieta y disemina en sus ideas una confusión que le es difícil
            deshacer. Afligido y al mismo tiempo sorprendido con tan extraña
            coyuntura, si él la quiere explicar se abandona a las opiniones más
            funestas, de suerte que, dejando de sentir esa misma Verdad, él
            pierde toda la confianza que en ella tenía.
 
 
 
 

            El mayor servicio que se podría prestarle en esa penosa situación en
            que se encuentra sería persuadirlo de que puede conocer la fuente y
            el origen de ese desorden que lo aturde y sobretodo impedirle de
            concluir algo contrario a esa Verdad que él desea, que ama y sin la
            cual no puede pasar.

            Del Bueno y del Mal Principio

            Es cierto que, al considerar las revoluciones y contrariedades que
            asolan a todos los Seres de la Naturaleza, los hombres deben haber
            admitido que ella estaba sujeta a las influencias del bien y del mal, lo
            que los llevó necesariamente a reconocer la existencia de dos
            Principios opuestos. En verdad, nada más sabio que esa observación
            y más justo que la conclusión que de ella sacaran. Por qué no
            tuvieron igual éxito cuando intentaron explicar la naturaleza de los
            dos Principios? Por qué dieron ellos a su ciencia una base tan
            estrecha que fuerza a ellos mismos a destruir en todo instante los
            sistemas que en ella desean apoyar?

            El hecho es que, después de haber omitido los verdaderos medios
            que tenían para instruirse ellos tuvieron la gran insensatez de
            pronunciarse por sí mismos sobre ese objeto sagrado, como si, lejos
            de la morada de la luz, el hombre pudiese estar seguro de sus juicios.
            Además de eso, después de haber admitido los dos Principios, no
            supieron reconocer la diferencia entre ellos.

            Luego les atribuyeron una igualdad de fuerza y antigüedad que los
            tornó rivales uno del otro, colocándolos en el mismo nivel de
            grandeza y poder.

            Es verdad que luego proclamaron el mal como inferior al bien en
            todo; mas se contradijeron cuando desearon extenderse sobre la
            naturaleza de ese mal y su origen. Y no hesitaron en colocar el mal y
            el bien en un solo Principio, creyendo honrar ese Principio
            atribuyéndole un poder exclusivo que lo torna autor de todas las
            cosas sin excepción, esto es, que con eso ese Principio es al mismo
            tiempo padre y tirano, destruyendo en la medida en que eleva, cruel,
            injusto por fuerza de su grandeza y debiendo por consiguiente
            penarse a sí mismo para mantener su propia justicia.

            Al final, cansados de vagar por esas incertidumbres sin poder
            encontrar una idea segura, algunos tomaron el partido de negar a
            ambos Principios; se esforzaron en creer que todo procedía sin orden
            ni ley y, no pudiendo explicar lo que eran el bien y el mal, dijeron que
            no había bien ni mal …

            … fue así que el hombre reconoció de manera aún más íntima que
            había dos Principios diferentes y, como él encuentra en uno la
            felicidad y la paz, al paso que el otro es siempre acompañado de
            fatigas y tormentos, él los distinguió con los nombres de Principio
            bueno y Principio malo.

            De la diferencia entre los Dos Principios

            … digamos entonces que el bien es, para cada ser, el cumplimiento
            de su propia ley, y el mal lo que a ella se opone. Digamos que cada
            Ser, teniendo una sola ley, como que ligando a todos a una sola Ley
            primera que es una, el bien, o cumplimiento de esa ley, también debe
            ser único, o sea, ser sólo y exclusivamente verdadero, aunque
            abarque la infinidad de los Seres.

            El mal, al contrario, no puede tener ninguna relación con esa ley de
            los Seres, visto que la combate; él no puede estar comprendido en la
            unidad, pues tiende a degradarla, por querer formar otra unidad. En
            resumen, él es falso, porque no puede existir por sí solo; porque a
            despecho de él la Ley de los Seres existe al mismo tiempo que él, que
            nunca podrá destruirla, aunque la hiera o perturbe en su
            cumplimiento …

            Es ahí, entonces la diferencia infinita que existe entre los dos
            Principios; el bien saca de sí mismo todo su poder y valor; el mal
            nada es cuando reina el bien. El bien hace desaparecer, por su
            presencia, hasta la idea de los menores trazos de mal; el mal, en su
            mayor suceso, es siempre combatido e importunado por la presencia
            del bien. El mal no tiene por sí mismo ninguna fuerza, ni ningún
            poder; el bien los posee universalmente y ellos se extienden hasta el
            propio mal.

            Así, es evidente que no se puede admitir ninguna igualdad de poder o
            de antigüedad entre esos dos Principios, pues un Ser no puede
            igualarse a otro en poder sin también igualarlo en antigüedad, pues
            esto sería siempre una marca de flaqueza e inferioridad en uno de los
            dos Seres, por no haber podido existir al mismo tiempo que el otro.
            Ahora, si anteriormente y en todos los tiempos el bien hubiese
            coexistido con el mal, ellos nunca podrían haber adquirido ninguna
            superioridad, pues, en esa hipótesis, siendo el Principio malo
            independiente del bueno y teniendo consecuentemente el mismo
            poder, ellos no habrían tenido ninguna acción uno sobre el otro o
            habrían quedado mutuamente equilibrados y contenidos; así, de esa
            igualdad de poder habría resultado una inacción y una esterilidad
            absolutas en esos dos Seres, porque estando sus fuerzas recíprocas
            constantemente iguales y opuestas, habría sido imposible tanto para
            una como para la otra producir alguna cosa …

            Seremos entonces compelidos, por una espantosa evidencia, a
            reconocer en el Principio bueno una superioridad sin medida, una
            unidad, una indivisibilidad, con las cuales existió necesariamente
            antes de cualquier cosa, lo que es suficiente para demostrar
            cabalmente que el mal sólo puede haber venido después del bien.

            Fijar de esa forma la inferioridad del Principio malo es hacer ver su
            oposición al Principio bueno, es probar que nunca hubo y nunca
            habrá entre ellos la menor alianza, ni la menor afinidad …

            No es preciso mucho para hacer sentir la distancia inconmensurable
            que existe entre estos dos Principios y para conocer aquél a que
            debemos dedicar nuestra confianza. Esto porque las ideas que acabo
            de exponer no hacen más que suscitar en los hombres sentimientos
            naturales y una ciencia que debe encontrarse en el fondo de su
            corazón; al mismo tiempo, hacer nacer en ellos la esperanza de
            descubrir nuevas luces sobre el asunto que ahora nos ocupa, pues
            siendo el hombre el espejo de la verdad, debe reflejar todos sus rayos
            en sí mismo …

            Mas reconocer la existencia de este Principio malo, considerar los
            efectos de su poder en el Universo y en el hombre, así como las
            falsas consecuencias que los observadores dedujeron de eso, no es
            develar su origen. El mal existe; vemos por todas partes sus odiosas
            señales … ahora, si el mal no proviene del buen Principio, cómo
            pudo nacer? …
 
 
 
 

            Si el Principio bueno es esencialmente justo y poderoso, nuestras
            penas son una prueba clara de nuestros errores y, por tanto, de
            nuestra libertad; viendo entonces al hombre sometido a la acción del
            mal, podemos asegurar que fue libremente que se expuso a él, y que
            sólo dependía de si mismo defenderse del mal y mantenerse apartado
            de él; por tanto, no busquemos otra causa para sus males que la de
            haberse apartado él del buen Principio con lo cual habría gozado de
            paz y felicidad incesantemente …

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            Comunidad de los Fratres Lucis - En
            Luz.'.Vida.'.Amor.'.